En un otoño caliente, como de momento estamos teniendo, da gusto pasear por la mañana cuando todavía el astro rey no calienta, caminar entre árboles desnudos que continuando su ciclo dejan caer las hojas muertas. Tomar un café y observar al anciano, fiel a su banco leyendo la prensa, mientras a la par que sus manos las páginas tiemblan. Tardes aún de terrazas aromatizadas por el tráfico y noches en las que ya refresca para dar paso al gran festival de las sombras.
En las noches de octubre
una tímida luna extiende
su manto de gasa negra
y largos silencios de plata
se cubren de sombras funestas.
Allá en el firmamento
las estrellas parpadean
semejando brillantes pupilas
que inmóviles nos contemplan.
Las aves nocturnas emiten
llantos lúgubres y quejas
vibrando en la negrura
temblorosas e inquietas.
El señor de las sombras
de su letargo despierta
invisible a nuestros ojos
con su capa revolotea.
Entonces, entre mil hojas muertas
tímidamente cubierta
una flor despistada
abre su corola marfileña.
Corola que en el día
al amanecer se cierra
para reabrirse al helado
contacto con la tiniebla.
Una flor solitaria
de las pocas que ya quedan
siempre ansiosa de luces

