Voz de mi hija. . Aline

Voz de mi hija

viernes, 31 de enero de 2020

Un año más.


En una ocasión, un joven mientras me tomaba un café se acercó a la mesa y me preguntó qué se siente cuando uno envejece. Estaba haciendo una encuesta sobre las ayudas a la tercera edad. No me sorprendió la pregunta pero no sé si por mi mirada recelosa o por la cara de sorpresa que puse, se inquietó y trató de suavizar un poco la frase. La pregunta me pareció interesante y le invité a que se sentara antes de responder. 
Fue fácil: para una persona de apenas veinte años cualquiera que supere la cincuentena es ya mayor, así que contesté que hacerse viejo es todo un regalo. Por qué - preguntó - porque cuando llegas a esa etapa eres la persona que quieres ser, sin prejuicios ni trabas, sin obligaciones, sin prisas, con todo el tiempo del mundo para hacer lo que te apetezca, el reloj no tiene hora y se saborean los momentos con una tranquilidad absoluta.

Es verdad que la vida es una caja de sorpresas y que a veces te quita más que te da. A través de los años mi corazón ha sufrido por la pérdida de seres queridos,de amigos, por la enfemedad y la impotencia ante el dolor o por ver morir a mis mascotas. El sufrimiento nos da fortaleza y nos hace madurar, a veces demasiado pronto, pero un corazón que no se ha roto es estéril y nunca conocerá la felicidad de ser imperfecto.




Queridos amigos, hoy cumplo un año más. No me importa el paso del tiempo, me importa abrir los ojos cada mañana y seguir contemplando como la vida despierta para colgar el sol y disfrutarlo desde la ventana de la existencia.

viernes, 24 de enero de 2020

Acuarela de recuerdos




Pienso en aguas
escribo vientos
dibujo nubes.

Pinto aires
invento montañas
diseño un horizonte.

Tiño de azul la noche
juego a ser un dios
escapo de mis sombras.

Con mi pincel
matizo tu boca
dejo al final una nube
que cuide mis rayos.

Y si este viaje
me convirtiera en estrella
vagaría en la noche.

Con nocturnos lienzos rojos
con velos de púrpura
para nunca dejar de soñar.


A mí pintor favorito, mi padre.

jueves, 16 de enero de 2020

El General Invierno


Llegó el General Invierno, como mi padre lo llamaba, que meteorológicamente hablando comienza alrededor del 7 de noviembre en el hemisferio norte y el 6 de mayo en el hemisferio sur. Llegó de nuevo el frío, las heladas, la escarcha. Las noches frías de enero en las que la luna tiembla y se arropa con el suave manto que cubre las estrellas.

No, no es agradable el frío gélido, ese que penetra por todos los poros de la piel y te hace estar encogido, que te empaña los cristales de las gafas y te humedece la nariz, el que cala hasta los huesos y entumece los sentidos. Sin embargo todo lo que estimula nuestra vida trayéndonos calor, frío, lluvia, viento, si es breve, es saludable, los cambios meteorológicos son necesarios.

A pesar de que hay gustos para todo, el frío suele traer paz. Las ciudades y los pueblos se arropan en un silencio de mármol, las casas y las estancias se vuelven más acogedoras y en las calles, solo se escucha la melodía que silba el viento. La verdad es que me gusta poner un toque de romanticismo a todo y siempre trato de encontrar el lado bueno de las cosas. El frío conserva, aunque a veces no es fácil soportarlo cuando hasta las palabras se congelan. Soy de tierra fría, muy fría, por eso el invierno me gusta. La cencellada deja un paisaje divino.

Sin embargo existe otro frío peor que el que podemos experimentar físicamente. El frío es la ausencia de calor en el cuerpo. El frío literal se puede apaciguar con un abrigo, una sopa, té caliente, un buen sistema de calefacción o la acogedora llama de una chimenea. Pero... ¿cómo se puede abrigar un corazón solitario, qué se puede hacer cuando este corazón sufre una gran pérdida o ausencia, cuando no hay nadie alrededor que pueda brindarle apoyo, ni siquiera un abrazo para calentar un espíritu que está aterido?.


Tal vez alguna decepción del pasado, hizo que permanecieras largo tiempo soportando la nieve de la soledad, sin ningún tipo de cobijo. Posiblemente entregáste tu corazón a quien no lo merecía, alguien jugó con tus sentimientos y desestabilizó tus emociones. Puede que te hayas sentido engañado por confiar en alguien que te ha fallado y puedes también estar atravesando una fuerte tormenta de nieve, una avalancha de tristezas y decepciones. Entonces ocurre lo inevitable, se forma una gran bola de nieve que se va haciendo cada vez más grande, te atrapa y quedas envuelto en ella. 
Esa avalancha puede ser un sentimiento de culpa, los complejos e inseguridades que no te dejan vivir tranquilo. Tal vez estás esperando que alguien venga a rescatarte y esa ayuda nunca llega, sientes que estás en la recta final y pierdes la esperanza de que una mano te alcance y te levante.  Puede suceder que resbales en toda esa nieve fría que te rodea, y te quedes en espera de alguien que te acoja. El color blanco de la nieve representa la soledad de tu alma, el frío ha entumecido todo en ti y vives porque sin duda tu corazón late, pero hace mucho tiempo que caminas por esos senderos helados.



Hay un invierno en nuestro interior muy difícil de combatir. Cuando crees ser un fracasado, cuando deseas que otro viva la vida que a ti te ha tocado vivir y con la que nunca estás conforme.  Seguro que has visto a muchas personas montadas sobre un trineo, patinando o conduciendo cerca de donde estás tú y no se han detenido a curar las heridas que el frío te ha dejado. Es más, puede que estés delirando, con escalofríos, con una fiebre interna a punto de brotar porque la injusticia, la incomprensión, la soledad y tantas incongruencias te han dejado completamente helado.

¡Qué crudo es este invierno!.
Sí, este es el auténtico frío, el peor, el que todos alguna vez hemos tenido que combatir y que solo sería suficiente una taza de amor para poder aliviarlo.

Os deseo un buen invierno con mucha salud por encima de todo.




jueves, 2 de enero de 2020

Aquellos juegos



Un día dejé de jugar, me di cuenta de que había crecido y empezaban a interesarme las cosas propias de la pubertad, estaba entrando en una época extraña llena de cambios y ya no me apetecía saltar a la comba, ni hacer filigranas con la goma elástica.
Hace poco paseando una tarde por el centro de Madrid, entré en una conocida librería y buscando en las ofertas encontré un libro que trataba precísamente de los juegos de la niñez, una recopilación llena de nostalgia que me llevó a mis años de niña porque retrataba el entretenimiento y la diversión que muchos de nosotros seguro que hemos disfrutado.

La infancia es la edad dorada del juego, nunca es tarde para volver a jugar. Ortega y Gasset decía que “el juego es un divertimento en el sentido de que es la otra versión de la realidad donde el sujeto encuentra el placer que no encuentra en la realidad...”
Toda civilización nace, crece y evoluciona según los acontecimientos que se desarrollan en ella y su población se va adaptando a ellos deforma diversa.
Dentro de esta adaptación aparecen leyendas, tradiciones y juegos que no son producto del azar sino una respuesta de la población a los cambios que se producen en su contexto geográfico, socioeconómico y cultural; unos cambios que afectan además de forma diferente a hombres y mujeres.

En este contexto debemos situar los juegos tradicionales, los cuales han ido evolucionando, al tiempo que se transformaba la sociedad cambiando así su finalidad y su significación.
Los cambios sociales se producen a un ritmo vertiginoso. Nuevas formas de entender el ocio ocupan el lugar de las tradicionales. Las continuas transformaciones de la sociedad, la entrada en el mercado de nuevos juguetes, el peso de la televisión como el medio lúdico por excelencia, la presencia constante de videojuegos y las actuales formas de ocio sedentarias, ha tenido como consecuencia el olvido y la pérdida de juegos tradicionales, los cuales nos obligaban a ejercer nuestra imaginación manteniéndola despierta.
En los años 40, 50 y 60 que apenas circulaban coches*ķse jugaba en la calle, juegos como los "alfileres", el aro, los bolos, el burro, las canicas, las chapas, las chinas, la comba, el corro, contar cuentos, las cuatro esquinas, los disfraces, las disparates, el escondite, la goma, la gallinita ciega, el látigo, las muñecas, el pañuelo, la pelota, la peonza, las prendas, pídola, los recortables, las tabas, tres navíos en el mar, veo, veo, los zancos, la zapatilla por detrás, ¡uf cuántos!... ¿quién no los recuerda o al menos ha oído hablar de ellos?.
A continuación expongo algunos de los más conocidos:

LOS BONIS, ALFILERES DE COLORES.

~ Cada participante deposita el mismo número de alfileres sobre una superficie lisa. Con el dedo se lanza uno de los alfileres sobre los demás, y si queda ‘cruzado’ sobre otros, los gana. En este caso, era costumbre doblar la punta de los alfileres para dificultar el movimiento. Las propias niñas fabricaban los acericos con papel de periódico, doblándolo en diferentes formas. Siempre había colores que estaban mejor considerados y se disputaban más. Yo recuerdo haber tenido uno en forma de corazón cuajadito de ellos.

EL ARO.



Se jugaba en el exterior todo el año y tenía dos partes: el aro y una vara de metal. Consiste en hacer rodar por el suelo un aro ayudándose de una vara de metal llamada guía, en la cual uno de sus extremos tiene forma de arco con la que sujeta el mayor. Tras trazar un recorrido se pueden hacer carreras para ver quién rueda más deprisa el aro y también quién es capaz de hacerlo rodar durante más tiempo sin que se caiga.

LOS BOLOS.

Una bola de madera y nueve bolos. El juego consiste en derribar el mayor número de bolos. Se colocan los nueve bolos en tres filas de tres. A cierta distancia, se traza una raya que hace las veces de línea de salida. Tras esta raya se sitúan las/los jugadoras/es. Cada participante tiene tres lanzamientos. Cada bolo derribado se contabiliza con un punto. Si se derriban todos los bolos, es lo que se conoce como ‘pleno’, por lo que quien lanza tiene derecho a un turno extra y a cinco puntos adicionales. Gana quien alcance la puntuación previamente acordada entre las jugadoras y los jugadores.

LAS CANICAS, EL GUÁ, LAS BOLAS.
   
Se dibuja en la tierra un círculo de un metro o metro y medio de diámetro en el que se depositan las canicas. Desde una distancia pactada con anterioridad, por turno, se lanza una canica con el objetivo de sacar del círculo las de las/los compañeras/os. Si la canica que se utilizaba para lanzar quedaba en el interior del círculo, se perdía. Las niñas no solíamos jugar a las canicas. Yo sí, con mi hermano y sus amigos, ellos me enseñaron y llegué a hacerlo bastante bien, bueno... eso decían.

LAS CHAPAS.


El material era las chapas de las botellas. Tradicionalmente se han considerado las chapas como un juego de chicos aunque muchas de nosotras hemos jugado con nuestros hermanos, las decorábamos con las caras de futbolistas o de ciclistas que recortábamos del periódico.

LA COMBA, LA CUERDA, LA SOGA, EL SALTADOR

La cuerda es el elemento fundamental que acompaña al juego. Debe ser de una longitud y una consistencia que la hagan manejable para moverla, y será sostenida por una niña o niño en cada uno de sus extremos, aunque en ocasiones también puede ser una niña o niño solo, haciendo uso de un saltador, que es una cuerda más corta con una empuñadura de madera o de plástico. Había variedades, cuando el movimiento es de balanceo –a ras de suelo y de un lado a otro–, se denomina ‘la barca’. Otra modalidad son ‘los dubles’, donde se salta a un ritmo frenético.

LAS COMIDITAS, CACHARRITOS, COCINITAS.


Se levantaba un fogón con los materiales que se encontraban a mano: ladrillos, cajas de zapatos, cajas de medicinas, etc. Las niñas sacaban sus cacharritos y realizaban todo tipo de mejunjes mezclando agua con arena, yeso rayado, etc. La “comida”, en ocasiones, era cuando menos catada por las jugadoras. En un principio fueron de barro, después se fabricaron en aluminio y al final el plástico convirtió lo tradicional en más duradero.

LOS HILOS, LOS NUDOS, LAS CUNITAS.


En este juego se utiliza una cuerda atada en los extremos y cogida entre las manos. Los dedos se van entrelazando con ella. Formada la primera figura básica, la o el siguiente jugador coge la cuerda en determinados puntos, pasando ésta a sus manos, y creando en esta ocasión otra figura distinta, y así sucesivamente. La precisión a la hora de coger la cuerda es importante, porque si no se hace de modo correcto la cuerda se lìa y es imposible seguir el juego, por lo que la jugadora o el jugador que ha fallado, perderá. Según la maña, se podía conseguir movimiento con las figuras. Estas figuras recibían cada una un nombre: bigotes de gato, la cama, las tijeras, etc. Curioso juego que requería mucha habilidad.

EL DIÁBOLO.


Un diábolo son dos conos unidos por la parte más estrecha, que se bailan en este punto sobre una cuerda unida en sus dos extremos a dos varillas de madera. El diábolo es impulsado por la fuerza que se ejerce sobre las dos varillas. Antes de lanzarlo, deberá deslizarse varias veces por la cuerda para que adquiera fuerza y velocidad; a continuación se lanza enérgicamente y, cuando vaya descendiendo, habrá que cogerlo sirviéndose del cordel. Esta operación resulta más fácil si la cuerda se coloca de forma inclinada con respecto al diábolo,  de otro modo éste rebotaría al no poder deslizarse. Gana quien más tiempo y más alto haga bailar el diábolo.
Os confieso que no lograba mantenerlo bailando ni tres minutos...

LA PEONZA


Existen diferentes formas de jugar a la peonza. Lo fundamental es saber hacerla bailar, para lo cual hay que anudar fuertemente el cordel  y lanzarla con un golpe seco. Entonces, se juega a ver quién la hace bailar por más tiempo, se puede hacer las figuras más atrevidas, cómo pasarse la peonza de mano a mano sin que pare de girar, etc.  

LOS RECORTABLES.


Con lápiz y papel o figurines sacados de revistas, se hacían los recortables. El juego consistía en recortar figuras de niños o niñas o de hombres y mujeres y hacerles vestiditos de papel que se acompañaban de pequeñas solapas para unirlas al cuerpo. Era uno de mis entretenimientos preferido.


Los juegos tradicionales han pasado de generación en generación, los disparates, el pañuelo, Antón Pirulero... yo no sé si los niños de ahora los conocen al menos de oídas, pero está claro que los han cambiado por las consolas, los videojuegos o el móvil, la tecnología avanza y la imaginación se queda obsoleta.

Se me había olvidado ya y hoy he vuelto a jugar.

¿Y tú, a qué jugabas de pequeño?. —

Disculpad mi extensión.